11 ene, 2010

Lo has visto ya todo, no hay nada más que ver …

Copio un fragmento de un artículo de José Luís Brea sobre la película “Bailando en la oscuridad” de Lars von Trier. Puedes leer el artículo completo aquí.

You’ve seen it all and all you have seen
Is there to review on your own little screen
The light and the dark, the big and the small
Just keep in mind – you need no more at all
You’ve seen what you were – and know what you’ll be
You’ve seen it all – you don’t need to see!

Björk, I’ve seen it all.

Nada que ver, nada que ver. No la torre Eiffel, no el Empire State, no la gran muralla china o las grandes cataratas, no los grandes lagos, no los grandes mares. Acaso esos pequeños gestos –la mano del abuelo jugando con mi pelo, la casa que compartiré con mi marido- acaso esa cosas pequeñas que se cuentan entre nuestras favoritas … Pero ni siquiera ellas hacen que la visión se nos imponga necesaria: Selma, nos avisa, puede pasar sin ello, sin todo ello. Posée la memoria, posée el conocimiento de lo parecido, la intuición proyectiva de lo ya visto. Y sobre todo posée lo que todos y cualquiera de nosotros: la fatiga enorme de la representación, ese gran escepticismo que hoy declara silenciosamente a nuestros oídos su definitiva innecesidad, la de lo visible, la de lo representado.

Si se mira bien, se hace evidente que esa dramática escena en que Selma reconoce estar perdiendo la vista no es un ejercicio de conmiseración, renuncia, consolación o autocomplacencia: sino toda una declaración de principios. Quizás navegar sea preciso, pero ver no es necesario. Vivir sí, vivir sí: pero la vida ya no depende de poder asistir a su representación. Ninguno de esos grandes –o pequeños- espectáculos que la humanidad ha levantado como prueba de su existir más amado, más intenso –merecen nuestra nostalgia. Sí, son hermosos, para Selma todo lo humano es amable, ciertamente amable. Pero ni ello, ni todo aquello que una naturaleza anterior a la factura del hombre habría preparado para llenar nuestros ojos de maravilla y fascinación, nada de todo ello reclamaría nuestra nostalgia. Lo real, el vivir, está, definitivamente, a este lado de las imágenes.

Selma –pero no dudemos que Selma es más que Selma: como poco es el sistema von Trier, quizás incluso Occidente, el sistema Occidente- sabe que está perdiendo la vista, la capacidad de conocer por imágenes. Acaso, sí, llega el momento de conocer al mundo por caricia, por tacto, por resonancia, musicalmente … Acaso, sí, la declaración de principios que aquí se hace expresa una inflexión de gran alcance: toma su partido frente al anunciado fin de la era de la imagen del mundo, la clausura del tiempo obsceno, exhibicionista, de las apariencias desnudas, de los simulacros vacíos, del universo poblado de los espectáculos. Frente a todo ello, la programática pobreza de recursos con que Selma (Trier) se aproxima al mundo, como por contacto y por inmediatez, como quien sólo conoce cuando baila, como quien recorre tapeando con su baile de claqué la tierra entera, ese modo extraño de representación que se enuncia y se produce como la música, por pulsión, por rozamiento –¿representa el sonido de la ola al romper sobre la tierra la forma de los infinitos granos de arena sacudidos, empujados? ¿cómo si no las máquinas cantan?- es el único que aún puede cautivarnos.

La ceguera de Selma –cuenta Trier- no estaba inicialmente contemplada en el guión. Sin embargo, era necesario llegar a ella, para que la película pudiera hablar de sí misma, del cine y su estatuto actual, del arte y su estatuto actual, de la imagen y su estatuto actual. Era necesaria la ceguera para seguir expresando, a la vez, una cierta toma de partido por el cine, por la cultura, una cierta política de la representación. Era necesario, sí, llegar a la ceguera para que la película hablara de todos nosotros, de nuestra era …

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